viernes, 16 de abril de 2010

Bichito


Solamente su amorosa madre y tal vez algunos de sus hermanos supieron su verdadero nombre, porque él enseguida emprendió el rumbo hacia la aventura. Tal vez se llamaba Ulises o Marco Polo o Jasón, en el desconocido idioma de los alacranes.

En cuanto se sintió listo, salió de su escondrijo para observar unas chozas no muy lejanas, habitadas por unos extraños y enormes seres bípedos que él sabía que odiaban a su estirpe, y que solían aniquilarla a pisotones.

Con la curiosidad instintiva que le generaba su propio nombre, se acercó sigilosamente a aquellos misteriosos humanos para observar detalladamente su comportamiento, y se dio cuenta de que éstos fabricaban extraños objetos de fibras vegetales que indudablemente eran vehículos para transportarse lejos. No podían ser otra cosa.

Así, nuestro alacrán decidió ocultarse en una cesta de mimbre de las que ahí se fabricaban, con la seguridad de que ésta lo llevaría muy muy lejos en este mundo tan amplio y desconocido.

Y así fue: decenas de cestas de mimbre fueron cargadas en un camión para luego ser rellenadas de frutas, mientras el joven alacrán permanecía oculto en una de ellas, observando con interés todo lo que ocurría a su alrededor.

Finalmente, tras de varios días y varias vueltas por aquí y por allá, su vehículo de mimbre lo llevó a un nuevo lugar muy diferente de todo lo que antes había conocido, y entonces decidió bajarse de él, empezando a curiosear por aquí y por allá.

El territorio en que se encontraba era muy diferente de todo lo que había conocido con anterioridad, lo que lo llenaba de júbilo e interés, pues se dio cuenta de que ese mundo estaba lleno de sorpresas inimaginables.

Efectivamente, el piso era duro, liso y algo resbaloso. No había tierra ni posibles escondrijos donde guarecerse ante la llegada de insospechados depredadores, pero él estaba feliz en su nuevo hábitat.

De repente, en un momento de distracción, sintió pisadas fuertes cerca de él. Volteó y supo que ya era demasiado tarde: un humano lo había descubierto. Nuestro alacrán encogió el cuerpo esperando ser vilmente aplastado por aquella enorme criatura, cuando, de pronto, se dio cuenta de que –todo lo contrario- estaba siendo tomado con cariño y observado de cerca por ojos amigables.

Muy pronto fue colocado en una pequeña prisión de material transparente que los humanos llamaban frasco. Vio desde ahí a varios de ellos que lo observaban fijamente, pero algo le decía que con ellos no corría ningún peligro. Algunos de esos seres bípedos eran criaturas muy jóvenes.

Un poco después fue trasladado a una prisión más grande, también trasparente, con las paredes curvas, imposibles de trepar por más que intentaba salir de ellas: era lo que los humanos llamaban una pecera.

Sus amables captores habían llenado previamente esta prisión con mucha tierra y vegetales, en donde habían cochinillas, pequeñas arañas y otros insectos, por lo que su alimentación y su supervivencia estaban, de momento, garantizadas.

Pronto le quedó claro que en ese lugar lo querían mucho, que no corría peligro, y que había sido rebautizado como Bichito, nombre extraño para un alacrán, pero obviamente muy afectivo.

Los humanos mostraban constantemente interés por él, y se preocupaban por su nutrición. Bichito pudo probar muchos nuevos alimentos inesperados y exóticos, como deliciosos pedazos de jamón cocido, miga de pan recién horneada y hasta una cosa amarilla con excelente sabor llamada tortilla de patata.

Los niños que lo cuidaban solían sacarlo a pasear frecuentemente al jardín, en donde él podía correr libremente y asolearse, además de atrapar moscas u otros deliciosos insectos frescos.

Así, la vida de Bichito y sus amigos humanos transcurrió con mucha felicidad y afecto, hasta que él recordó que su destino era la aventura, y que ahí ya nada habría de nuevo en lo sucesivo.

Y aprovechando uno de sus paseos matutinos al jardín, sin despedirse de nadie para evitar llantos y tristeza innecesarios, decidió desaparecer para siempre en la maleza.

Nunca más supieron nada de él sus amigos humanos, pero éstos siempre estuvieron seguros de que Ulises, Marco Polo, Jasón, Bichito o como quiera que se llamase en realidad, era feliz en alguna parte de aquel enorme jardín, pues su destino era la aventura, y sus límites el amplio mundo.

No hay comentarios: