sábado, 26 de abril de 2008

La inenarrable tragedia de una gota de agua

Sus moléculas se conocieron en aquella nube negra que el viento llevó hacia la alta montaña. Las circunstancias quisieron que todas ellas juntas enfrentaran el resto de la larguísima jornada, convirtiéndose en fatal unidad. Fue ahí cuando el destino selló su suerte, y ella supo –por un lamentable dejá vu- que su futuro sería de verdad complicado y denigrante.

Así, entre enormes descargas eléctricas, se hizo la lluvia.

Fue parte de un torrente que bajó por una rocosa cañada en los despeñaderos de la sierra. Llegó a ser parte de un impetuoso río de gran caudal, que, lamentablemente, atravesaba un área urbana.

En una inevitable represa de concreto, fue succionada por un gran ducto y llevada a una planta potabilizadora. Después de rozarse con humillantes moléculas de cloro y desinfectantes de toda índole, fue bombeada hacia la gran ciudad. Por más que quiso evitarlo, fue entubada.

Cayó en una cisterna no del todo higiénica, y pocos días después, fue reclamada una bomba doméstica y llevada –como estaba previsto por el pavoroso destino- al grifo de la cocina.

No pudo evitarlo. Fue parte de la fatalidad hidráulica.

Por más que se aferró a las paredes de la llave del agua, se convirtió en la desprestigiada gota que derramó el vaso.

El honorable vendedor de sapos



Todos los atardeceres él se acercaba al pantano cercano al pueblo para cazar sapos. Llegaba a su casa de noche y cansado, pero no dormía hasta que el último de los animalejos hubiese sido preparado con todo cuidado e higiene para que sus clientes pudiesen comerlos sin riesgos. Su habilidad preparándolos era tal, que la gente en el mercado, al día siguiente, prácticamente le arrebataba la mercancía.

Desde luego, él la vendía como carne de pollo, pues nadie en su sano juicio se hubiese atrevido a comer los asquerosos sapos del pantano. La gente le creía, sobre todo por el delicioso sabor y la tersura de la carne, y todo el pueblo estaba encantado con los bajísimos precios de este mercader.

El vendedor de sapos –de haberlo querido-hubiese podido ganar mucho más dinero cazando más animales, pero era consciente de que nadie ganaba –ni él, ni sus clientes, ni la naturaleza- abusando del recurso.

Igualmente, dormía tranquilo al engañar a sus clientes, pues sabía de sobra que la carne de sapo era más proteínica que la de pollo, y que gracias a los precios que podía darles, la gente de bajos recursos del pueblo se nutría adecuadamente.

Un día, ya muy viejo, murió el comerciante sin que nadie hubiese jamás descubierto su secreto.
Dios, allá arriba, bendijo al fraudulento vendedor de sapos, felicitándolo por la honorable manera en que se había ganado la vida.

El documento en blanco

El prestigiado novelista quiso escribir un nuevo cuento en su ordenador. Tal vez no era su mejor día. Tal vez las musas no estaban en ese momento disponibles.

Durante varias horas estrujó su cerebro en busca de un tema relevante,
publicable. No lo logró.

Como era un hombre sabio y prudente, decidió dejar la página de Words en blanco.

No hay cosa peor que ensuciar el maravilloso blanco de un monitor con palabras que no dicen nada, con párrafos que no valen la pena.

El alacrán tibetano

En un imperdonable error instintivo, quedó expuesto a ser pisado por aquel descomunal ser humano. Contrajo su cuerpo todo lo que pudo para minimizar el inminente y terrible dolor de sentir como su esencia material sería aplastada para siempre por una dura e implacable sandalia.

Sorprendentemente no ocurrió nada de eso, sino que aquel extraño hombre lo puso con todo cuidado en sus manos y lo sacó de su habitación, colocándolo con toda la dulzura posible en una jardinera en el exterior. Quedó muy desconcertado, pues esa no era –definitivamente- la suerte acostumbrada para los alacranes.

Desde ese día se dedicó a espiar las actividades mundanas de ese extraño ser que lo había perdonado. Así se dio cuenta de que ese hombre pensaba diferente respecto a los seres vivos. Supo que los humanos autollamados budistas respetaban la vida en cualquiera de sus apariencias, independientemente de que los animales fuesen ponzoñosos, sucios o antipáticos.

Convencido del valor de esa filosofía existencial, el alacrán decidió nunca más utilizar su veneno, además de convirtirse en vegetariano.

Corre, entre los habitantes del Tibet, el rumor de que hay un respetable alacrán de color verde esmeralda que juega con los niños en el parque, y que al anochecer acompaña a los monjes en sus rezos en el sagrado templo de Tashi Lumpo.

sábado, 19 de abril de 2008

El descubridor

Era ya todo un anciano cuando escribió aquella noche en su viejo cuaderno el último párrafo antes de apagar la vela y retirarse a dormir.

Toda su vida se había dedicado a descubrir los misterios del Universo, de la vida, de la teología; pasó años encerrado en bibliotecas; caminó cientos de leguas en selvas y desiertos en búsqueda de elementos que fuesen confirmando o rechazando sus premisas e hipótesis; dialogó en persona y por correspondencia con cientos de clérigos de muchas religiones, con sabios, con científicos, con filósofos. Para lograr su objetivo, renunció a su familia, a amistades y diversiones. Vivió como un verdadero asceta obsesionado con saber el trasfondo de todo esto.

Poco a poco fue acorralando al tal Dios, reduciéndole espacios, quitándole disfraces y misterios. Éste era muy hábil para ocultarse, para negarse, para esfumarse, pero nuestro buscador de la Verdad era tenaz, objetivo, serio, y sobre todo, profesional.

Aquella noche, una última lectura al Corán le permitió vislumbrar algo que jamás había percibido en sus años de detallado estudio. Sonrió feliz: finalmente tenía la Respuesta. Antes de retirarse a dormir, escribió su enorme conclusión en el cuaderno.

Mientras le entraba el sueño, ya seguro de que había logrado su objetivo existencial de conocer la Verdad, pensó por primera vez en el uso que debería darle a su sensacional descubrimiento.

Una opción era guardarla para él, y no permitir que ningún otro humano la conociese. Otra era compartirla con unos cuantos y dignos elegidos que de alguna manera lo habían orientado en tantos años de búsqueda. Y la última era publicarla, no para lograr beneficios materiales –carecía de tiempo y de seres cercanos- sino para desengañar a la humanidad con su increíble descubrimiento.

Cerró los ojos para dormir. Esa noche un extraño y silencioso incendio de color azul cobalto asfixió dulcemente al anciano filósofo, mientras que las llamas convirtieron en cenizas todas sus brillantes conclusiones anotadas en aquel viejo y sabio cuaderno.

La guitarra

Desde luego, la guitarra de esta historia no era cualquier guitarra. Para sus alcances, tenía que ser de muy buena madera y obra de un excelente artesano. De otra manera, esta triste historia no se habría dado.

Esa guitarra, a pesar de su enorme precio en el mercado, decidió quedarse muda.

No hace falta tener mucho mundo para predecir el futuro de una guitarra que decide quedarse muda: fue estrellada y despedazada contra una pared por el frustrado músico; sus cuerdas reventaron una tras otra; su caja musical quedó hecha astillas; su mástil y su trastero apenas fueron reconocibles después del ataque de ira del mediocre guitarrista que pretendió poseerla.

A pesar de que nunca tocó un concierto, ni siquiera una serenata, en el cielo de las guitarras fue recibida con muchos aplausos: no cualquier música merece disturbar la belleza del silencio.

domingo, 6 de abril de 2008

El orgulloso bloque de mármol

Provenía de la prestigiada cantera de Carrara, de donde Miguel Ángel se había surtido de mármol para crear la Piedad, el Moisés y el David.

Carecía de veteado y fracturas que lo devaluasen. En cuanto apareció en la superficie, el excelso escultor pidió que lo extrajesen con sumo cuidado.

Fue transportado al taller del artista con toda clase de precauciones. No era para menos: había sido elegido para ser esculpido representando al prohombre recién fallecido, el orgullo de la ciudad.



El consejo citadino había reservado para esa escultura el lugar de honor de la plaza principal, en el hermoso y céntrico parque municipal. El bloque de granito sabía de sobra que era la mejor pieza escultórica de los últimos 500 años, y su pétreo orgullo desbordaba a diestra y siniestra.

Cuando la estatua fue develada por el alcalde, lo más selecto de la ciudadanía estaba presente. Un “Ahhhhh” de admiración pública fue la espontánea respuesta de los asistentes, de todos excepto de uno.

Aquel pájaro observaba el ininteligible ceremonial humano igualmente emocionado, pero con otras cosas en su pensamiento:

La nueva estatua en el parque estaba justo a la mitad de camino entre los dos robles en donde hacía su vida. Era un excelente punto para descansar y asolearse, y ¿por qué no?, para defecar.

El bloque de granito –ahora convertido en resignada estatua- se dio cuenta de las intenciones de la perversa ave, y se olvidó nervioso del homenaje humano del que era objeto.

A partir de ese día, el selecto trozo de mármol de Carrara, convertido en obra de arte por el magnífico escultor de la ciudad, vive angustiado y humillado por un ave del montón que día a día lo mancilla en lo más profundo de su honor.

El municipio –esto es muy obvio- carece de financiamiento para la limpieza de las esculturas de la ciudad.

El síndrome de los síndromes

Aburrida de ser muchos años hipocondríaca sin lograr que su esposo vertiera en ella toda la atención que esperaba, su inconsciente descubrió una nueva veta de oportunidades para darle lástima y así atraer su atención: los síndromes.

Así, por orden alfabético, fue adquiriéndolos uno a uno día con día, tanto los de tipo fisiológico como los de tipo mental:

síndrome de abdomen en ciruela pasa
síndrome de alcoholismo fetal
Síndrome de Alport
Síndrome de Asperger
Síndrome Bipolar
Síndrome de Cotard
Síndrome de Diógenes
Síndrome de Down
Síndrome de Estocolmo
síndrome de Fausto
síndrome de Guillain-Barré
síndrome de Hoppin
Síndrome de intestino irritable
Síndrome de Kocher
Síndrome de Leriche
Síndrome de Lowe
Síndrome metabólico
síndrome de Moebius
síndrome de piernas inquietas
Síndrome POEMS
Síndrome de Rett
Síndrome de Reyes
síndrome de San Filippo
Síndrome de Sturger Weber
Síndrome de Tourette
síndrome de Turner
Síndrome de Vietnam
Síndrome de Williams

Una vez doctorado su organismo en síndromes psicológicos y somáticos, su cerebro creo algo de verdad nuevo para la ciencia médica: el síndrome de síndromes, o sea, se convirtió en el único ser humano que poseyó simultáneamente todos los cuadros patológicos (fisiológicos y psicológicos) conocidos.




Fue entonces que su marido decidió por fin hacerle caso: la subastó como material didáctico entre todas las escuelas de medicina y de psicología del país. Con ello tuvo un enorme ingreso económico que le permite tener una novia de lujo a la que no le duele nada.

Perdamos el tiempo


El filósofo estaba en crisis existencial. Esa noche durmió mal como, de costumbre. De hecho eran ya decenas o centenares de noches en que se despertaba angustiado mucho antes de la madrugada.

Su naturaleza atea no le había permitido -hasta ese día- apelar a un ser superior. Como sus angustias iban en aumento noche tras noche, y ya se habían convertido en pesadillas diurnas insoportables, decidió darle una oportunidad a esa absurda creencia humana de que alguien todopoderoso está detrás de todo lo que percibimos y de lo que no percibimos, alguien dueño absoluto de nuestro destino.

Sorprendentemente tuvo respuesta. Aquél apareció claramente en su cerebro y decidió responderle.

No hubo nada que explicarle. Conocía de sobra todos los reclamos del filósofo.

“Los humanos vivís en un mundo lleno de presión existencial, el donde el ‘yo quisiera’ se vuelve una rutina, casi una exigencia. Sin embargo, tú y yo sabemos que ese ‘yo quisiera’ es fantasía: casi nunca llega. Yo soy quien decide todo, y lamentablemente ya todo está decidido. Por más que me roguéis, ya nada puedo hacer. Soy el Dios Verdadero, quien alguna vez dictó las Reglas. Desde el principio, y para evitar presiones de las criaturas mortales, las definí como inmutables. Ni siquiera yo puedo cambiarlas. Estas Reglas son iguales para todos: humanos, alacranes, buganvilias y protozoarios. Todos los seres debéis ganaros no sólo el sustento, sino la tranquilidad, la salud, el espacio, los afectos, el respeto, el prestigio y todo aquello implícito en la felicidad, en base a un duro esfuerzo cotidiano, la mayor parte de las veces infructuoso. La angustia es parte de vuestra esencia. Jamás podréis eliminarla.”

El filósofo, sorprendido y algo frustrado con la extensión y ambigüedad de la respuesta, pretendió negociar:

“Aligérame la carga. Ya no disfruto la vida.”

Aquél le respondió:

“Te recomiendo la Fe. Muchas personas en tu mundo la venden. Te recomiendo psicoterapias y sofoterapias. A veces dan resultado. Te recomiendo las drogas. Hay quien temporalmente es feliz con ellas. Te recomiendo la magia. Muchas personas dicen poseerla. Te recomiendo una varita mágica. Hay quien cree en ellas. Dicen que son capaces de cambiar lo que sea, pero ambos sabemos que no es fácil encontrarlas. La última opción que te recomiendo es el suicidio. Si no te gusta mi Universo, busca otro. Pero yo, igual que tú, desconozco qué es la muerte. En todo caso ésta será tu decisión. Y además es importante que sepas que…”

El filósofo, aburrido de escuchar tanta pesadería e insolencia enmarcada en injustificada arrogancia, decidió desconectarse de esa absurda e infértil comunicación. Dejó al tal Dios hablando solo, y fue a la farmacia a comprar otra caja de Valium.