martes, 23 de febrero de 2010
El misterioso
Nada más despertarse, se vestía de negro. No decía a nadie en casa lo que haría en el día, y antes de salir a la calle se ponía lentes oscuros y un sombrero de ala que le tapaba parte de la cara.
Salía sigilosamente, sin hacer el menor ruido. Caminaba de manera discreta, agazapándose cada vez que podía en alguna esquina, observando a sus alrededores para ver si alguien lo seguía. Cuando se aseguraba de que nadie lo hacía, retomaba el camino cautelosamente.
No iba a ninguna parte más allá de su pequeño barrio, y regresaba a casa a comer sin hacer ningún ruido ni decir a dónde había ido.
Por la tarde volvía a la calle vestido de la misma manera, y su recorrido y actitudes eran exactamente las mismas.
Llegaba a casa al anochecer sin dar a nadie las buenas noches y sin hacer el menor comentario. Cenaba algo y se iba a dormir, pensando en repetir las mismas acciones al día siguiente.
Al cerrar los ojos cada noche, se sentía muy satisfecho de había despertado curiosidad en decenas de personas que lo observaban a diario considerándolo misterioso, lo cual era su único objetivo en la vida.
Antes de morir, ordenó a su familia no poner en su lápida su nombre ni los años de nacimiento y muerte, sino tan solo un signo de interrogación.
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