miércoles, 4 de noviembre de 2009

El genio y la máquina perfecta


El pequeño Walter, a sus seis años de edad, la concibió mientras se desayunaba. Se retiró muy entusiasmado a su habitación, pero enseguida se dio cuenta que aún faltaban muchos años para que su idea pudiese cristalizarse, dada la carencia de tecnologías de la época, pero esa mañana decidió dedicarle su vida, dada la transcendencia que él preveía.

Orientó sus estudios y forma de vida a lograr su idea. Se tituló muy joven de ingeniero mecánico, y se especializó en biorobótica sensorial. Se diplomó en gastronomía y en cristalografía de sales.

Años después, cuando creyó estar listo para lograr su obra maestra, adquirió un crédito enorme de bajo rédito por ser de interés científico, lo que le permitió disponer de un poderoso laboratorio y conseguir a los mejores especialistas en la materia.

A sus treinta y seis años, estaba a punto de lograr el sueño de su vida.

Contrató un grupo de expertos en seguridad industrial para preservar la confidencialidad de sus investigaciones. Registró decenas de patentes previniendo que alguien copiara sus relevantes desarrollos.

Finalmente llegó el día de la prueba final.

Con toda la discreción del mundo, llevó a casa su invento. Durmió poco esa noche, por los nervios que le generaba el haber dedicado toda su vida y sus recursos materiales a ese pequeño robot que se suponía que sería capaz de hacer algo de verdad complicado, algo que nadie había logrado en la historia de la humanidad.

Amaneció, y nervioso llevó a ovoperfectumsalinizatorum –así bautizó a su invento- al desayunador de su hogar, a aquel preciso lugar en donde treinta años antes lo había concebido.

Frió, como hacía todas las mañanas, un par de huevos, su desayuno favorito, y puso el salero en las manos de su criatura biorobótica. El robot percibió el aroma de los huevos fritos, analizó la conformación de los cristales de sal contenidos en el salero, midió la temperatura y la humedad de la cocina, y después de cientos de complicados cálculos, arrojó 23.4 gramos de sal perfectamente distribuidos sobre los huevos fritos.

Walter, muy nervioso por lo que todo esto implicaba, tomó el tenedor y acercó a su boca un pedazo de aquellos huevos fritos que esperaba exquisitamente salados.

Cuando su paladar percibió aquella perfección, un grito de felicidad salió se su garganta:

Finalmente había creado la máquina perfecta para salar adecuadamente los huevos fritos de cada desayuno.

El ovoperfectumsalinizatorum había cumplido con todas las expectativas de su existencia.

Después de abrazar un rato largo a su magnífico robot, Walter empezó a pensar en su segundo proyecto existencial: una máquina cibernética capaz de calcular el tiempo óptimo para que los cereales con leche, que todas las mañanas tomaba tras de los huevos fritos, tuvieran la dureza perfecta antes de ser ingeridos.

Su próxima invención recibiría, veinte años después, el nombre de cerealisdurezaperfectumcalculatorum.

martes, 3 de noviembre de 2009

Las prolongadas vacaciones de la musa


Es posible que estuviese extasiada. También podía ser que estuviese sobreordeñada, y que ésa hubiese sido la razón de su no anunciada huída. Pero el hecho es que ella abandonó sin previo aviso su compromiso con el escritor, quien obviamente vivía de las ocurrencias que ella aportaba.

Después de cierto tiempo, que a él le pareció eterno (y mucho más a su editor), ella regresó arrepentida, con una enorme carga de conciencia.

Con sutilezas fuera de lugar, ella pretendió disculparse.

No tardó mucho en darse cuenta de que, como en el caso de los humanos, hay cientos de musas desempleadas.

El escritor salió adelante sin ella.

La musa no tuvo más remedio que asesorar a un diputado.

sábado, 31 de octubre de 2009

El Deterioro


El Deterioro decidió adueñarse de aquel cuerpo.

Empezó por crearle un insignificante dolor de cabeza, pero era sin lugar a dudas el principio del fin.

Después generó unas pocas canas en la parte alta de la cabeza, que rápidamente fueron disimuladas con un tinte barato comprado en la botica.

Enseguida el Deterioro decidió arrugar su rostro, de manera insensiblemente lenta, pero determinante.

Aprovechó los primeros fríos del invierno para generarle reumas, éstos sí, bastante molestos y perdurables.

“¿Y por qué no unas almorranas?”, pensó el Deterioro. “Hay que atacar por todos lo flancos”.

El cuerpo quería seguir sintiéndose joven, pero ahora tenía un fuerte dolor en la rodilla derecha cuando corría por las mañanas, cosa que antes no sucedía. El Deterioro, con su aparente lentitud, se adueñaba de todo.

En la primavera, al cuerpo le aparecieron alergias que jamás se había presentado, y el asma brotó fulminante. Buscó por toda la casa el inhalador recetado por el médico, pero no recordó en dónde lo había dejado: algo extraño pasaba en su memoria.

El cabello seguía encaneciendo a gran velocidad, igual que las arrugas. Una mañana, al despertarse, notó que le dolían las articulaciones de los dedos de ambas manos.

El doctor le recomendó bajar de peso, porque el azúcar y el colesterol empezaban a tomar proporciones indebidas en la sangre, y la taquicardia no tardó en hacerse presente.

Ahora el Deterioro estaba preocupado: debía ir más despacio, pues aquel cuerpo antes joven, era su favorito, y quería conservarlo muchos años. Se entretenía mucho con él.

Volvió el invierno, y los dolores en las piernas eran insoportables. Las manos plagadas de artritis también le molestaban, y le impedían escribir y comer adecuadamente.

Una tarde, comiendo una natilla, perdió una muela, la primera de una serie de ocho piezas dentales que se esfumaron aquel verano.

No tardó mucho tiempo en manifestarse un ligero Alz Heimer, acompañado de una gripa crónica con tos y flemas. Cuando quería usar el pañuelo para limpiarse la nariz, la artritis se lo impedía.

Ahora tenía que inyectarse insulina cada poco tiempo. Tomaba la jeringa con los únicos dos dedos que no le dolían y que aún tenían cierta movilidad.

Una mañana descubrió que tenía una catarata incipiente en el ojo derecho. No la había notado por los lentes gruesos que llevaba hacía seis meses.

Finalmente, el día de su cumpleaños número cuarenta, falleció de un infarto al soplar las velas de su pastel.

El Deterioro reconoció que se había excedido con aquel cuerpo, y ahora estaba arrepentido. Su jefe, el padre Tiempo, habría de reprochárselo.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Flor de bugambilia


En cuanto abrió sus pétalos de hermoso color púrpura, adquirió conciencia. Se vio a sí misma. Disfrutó de su propio aroma y saboreó su néctar.

Ingenuamente supuso que ella era el centro del universo, que su color era irresistiblemente atractivo, que su néctar era más dulce que el de las demás flores, que abejorros y colibríes pelearían por su privilegiado polen.

No fue así: decenas de aves e insectos polinizadores pasaron frente a ella ignorándola, sin siquiera percibir su existencia.

A cambio, recibió la visita de los abrasadores rayos del sol, que casi acabaron con ella, marchitándola y deshidratándola.

Por suerte para la flor, una mosca que buscaba sombra desesperadamente encontró refugio entre sus pétalos por un instante.

Aquella cercanía con otro ser vivo fue lo mejor que le ocurrió en su efímera vida.

La mosca, una vez reconstituida con la sombra, voló hacia otro lado, pero dejó en la flor de bugambilia la sensación de haber sido amada.

Si bien su polen jamás trascendió –ella nunca lo supo- , murió ilusionada por un amor imaginario y circunstancial que la vida le regaló de último minuto.

La vida, después de todo, no es lo que realmente vivimos, sino lo que creemos haber vivido.

martes, 27 de octubre de 2009

El cuento imposible


Era un cuento imposible.

Ni las musas más inspiradas, ni los autores más avezados, ni la imaginación humana más descabellada, podían avalar aquella historia totalmente absurda que salió de la nada.

La idea fue rechazada por las hadas, los duendes, los dragones, los hombres lobo, los vampiros, los seres de la quinta dimensión y los xtabais. Definitivamente era un cuento sin futuro, y nadie que se considerase cuerdo quería ser parte de él.

Pero era un cuento insistente, de carácter fuerte, que no se doblegaba ante nada.

A pesar de que musas, autores, personajes, impresores, editores, libreros y lectores potenciales le dieron la espalda, el cuento había decidido nacer.

Las prospectivas eran negras, pero él era inquebrantable.

Fue así que se acercó a un autor fracasado, a una musa que jamás había inspirado a nadie, a personajes que se habían quedado en el tintero, buscando solidaridad para su nacimiento.

Después, él y sus desesperados amigos buscaron editores sin éxito, impresores con problemas económicos y lectores hastiados.

Finalmente nació, y por cierto, con mucho éxito: la historia se trataba de un cuento increíble que creía en sí mismo, capaz de doblegar a las adversidades por resistentes que éstas fueran, capaz de convencer a cualquiera de lo que él valía.

Sus párrafos y argumentos eran como espadas afiladas que rebasaban a las críticas y a la ignorancia.

Apostó por él mismo contra todas las probabilidades.

Así, nuestro inesperado cuento se convirtió en el símbolo de la lucha por los ideales imposibles, por la esencia de lo absurdo, por la lógica de lo inmerecido, por el triunfo de lo que no puede ser, por el éxito de la relatividad que emana de la voluntad.

Después de muchos años, de muchas quiebras de editores, de profundas angustias, el cuento imposible salió a la luz.

jueves, 20 de agosto de 2009

Shira y el regalo de los duendes


Apareció de la nada.

Aquel enorme y aromático pedazo de carne de delicioso color rojo oscuro, estaba a su alcance, al borde de la mesa, suplicando ser devorado.

“Seguramente es un regalo mágico de los duendes que habitan en el patio trasero”, pensó Shira.

Ella consideraba que merecía el salchichón, pues siempre había permitido que los duendes transitaran libremente por aquellos lugares, sin ladrarles o molestarlos. Se veían amigables y agradecidos.

Pero también luchaba contra su conciencia, pues generalmente, cuando se adueñaba de algún alimento que aparecía sobre la mesa, salía regañada por sus amos. No la golpeaban con periódicos ni la amarraban en el patio, pero si le dirigían miradas fulminantes que le dolían más que cualquier golpe.

Shira estaba en un enorme conflicto.

La inteligente perra finalmente resolvió su problema con objetividad: soporto estoicamente su derrame de jugos gástricos, y, gracias a ello, el descuido de mi esposa en la cocina no pasó a mayores.

Como sea, y a pesar de no haberlo aprovechado, Shira agradeció a los duendes su regalo. Ya habría ocasión de otro. De alguna manera, ella lo merecía.

sábado, 8 de agosto de 2009

Shira y los duendes del bosque encantado


Tenemos la fortuna de vivir en las cercanías de un espléndido bosque urbano. La leyenda de nuestro barrio dice que en él existen duendes increíbles, criaturas que hacen todo lo posible porque ese maravilloso lugar no caiga en manos de las voraces empresas urbanizadoras.

A mi hermosa perra Shira y a mí nos gusta mucho pasear por ese desierto bosque, por lo que, un par de veces al día, al amanecer y al atardecer, solemos caminar entusiasmados entre sus árboles y matorrales, descubriendo barrancas y arroyos limpios, cosas tan extraordinarias hoy en día como lo son los duendes cuidadores.

En alguna parte, Shira debe haber escuchado hablar de los duendes de este bosque, pues cuando descubrimos algún pequeño sendero, agudiza su olfato y sus oídos, esperando encontrar alguno, o, por lo menos, descubrir sus huellas.

Varias veces le dicho a Shira que se trata de una leyenda, que los duendes no existen, pero ella insiste en querer encontrarlos.

También le he dicho que los duendes –en todo caso- son seres discretos que evitan a los humanos y a los perros, que no dejan huellas ni aroma, y que lo último que desean es que los encontremos.

Pero Shira, que es una gran optimista, y no deja de buscarlos, a veces hasta la frustración. En alguna ocasión ha llegado a casa con un poco de depresión.

En fin, tarde o temprano se convencerá de que no estamos en un bosque fantástico, excepto por algo extraño que nos aconteció hace un par de días: a unos veinte metros de donde estábamos, nos pareció ver a una niña de unos diez años vestida con una caperuza roja conversando con un espléndido lobo color negro. Cuando intentamos acercarnos a ellos, ambos se esfumaron misteriosamente…