sábado, 16 de febrero de 2019

El amante perfecto



 Por el simple amor a su persona, ella decidió ponerse bonita para despedirse de su cuerpo. Además, pronto alguien lo encontraría, y deseaba dejar un buen recuerdo a quienes fuesen a su velorio.

Frente al espejo de su alcoba, desplegó sobre su rostro colores alegres y sombras que acentuaban su belleza. Abrió el ropero y tomó el vestido rojo que tanto le gustaba. Se lo puso.



También arregló con flores la única habitación de su piso de soltera. Finalmente se recostó sobre su cama tras de asegurarse de que lucía como nunca. Fue entonces que dijo…

…“Estoy lista, amor.”…

 ….justo antes de que su cuerpo se desvaneciese inerte para siempre.

Él (que realmente no era “él” sino “ello”) se acercó a su cuerpo inanimado  y le dijo al oído:

“Amada mía: sé bienvenida a nuestro universo.”

Así, ambos partieron felices hacia la dimensión prometida.

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“A mediados del lejanísimo siglo XX, el Dr. Christian Banard inauguró la era de los trasplantes entre seres humanos. Después se empezaron a usar órganos animales. A mediados el siglo XXI se inició la  salvaje costumbre de clonar órganos “de respuesto”, pero finalmente en el siglo XXII se suspendió esa horrible práctica y se inició en serio el empleo de reemplazos biónicos para que la humanidad viviese casi los 180 años en promedio.

Surgieron por lo anterior problemas de sobrepoblación, por lo que se decidió miniaturizar a los humanos usando nanotecnologías que permitieron que fuésemos (tras de varias adecuaciones) del tamaño de una pelota de golf y que nos nutriésemos de luz solar. Llegamos así a vivir más de 250 años.

Finalmente, en el siglo XXV, una nueva tecnología nos permitió deshacernos de cualquier presencia física. Nos convertimos en esencia, conformada únicamente por dos vectores: inteligencia y emociones.

Me preguntarás en dónde residen la inteligencia sin cerebro y las emociones sin glándulas. Pues bien: la humanidad desarrolló un centro cibernético enorme que, puesto en órbita terrestre, hace las veces de lo que ustedes llaman “servidor” y nos sirve a todos de sustento físico a pensamiento y sentimiento.

Después nos dimos cuenta que, como seres incorporales, con cierta tecnología de nuestra época, podíamos traspasar las dimensiones. Así, la humanidad escogió, por diversas razones poderosas, radicar en la llamada “dimensión 16”, la más cómoda de todas, sobre todo porque en ella no existe eso que ustedes conocen como tiempo.

Y por todo lo anterior, te digo que nosotros carecemos de género o de sexualidad. No quiere decir que no amemos o no seamos capaces de generar orgasmos. Tú eres testigo de muchos de éstos que compartimos en los escasos e interminables momentos que hemos convivido.”

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Él rondaba circunstancialmente el límite de la dimensión 16, cuando una súbita contracción natural de la membrana del espacio-tiempo lo arrojó a nuestra dimensión. Accidentalmente su esencia atravesó cierta partícula neuronal de ella, quien dormía con mucha angustia por desesperantes noticias recibidas el día anterior.

Cuando se dio este casi improbable encuentro, ambos lo sintieron: él, totalmente convulsionado por el accidente dimensional; ella, sintiendo una presencia maravillosa dentro de su cuerpo.

Él penetró en ella como un muy agradable sueño que poco a poco se fue convirtiendo en conciencia. De hecho, su inmaterialidad equivalía para un humano casi a lo mismo, a una presencia sin materia, pero con emociones gratas.

En un brevísimo estado de sueño consciente que a veces tenemos, ambos supieron el uno del otro. Se preguntaron todo. Se amaron.

Él, completamente seguro de que por fin había encontrado su esencia gemela,  la invitó a dejar atrás su cuerpo, así como las desventajas de vivir en una dimensión afectada por el tiempo y la materia. Le ofreció amor y felicidad permanente, eterna.

Ella lo aceptó sin ninguna duda. También sabía que él, quienquiera que fuese, era su destino.   



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