viernes, 31 de mayo de 2019

Las niñas de mis ojos


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Las niñas de mis ojos son muy espabiladas.

De hecho, hace mucho que dejaron de ser niñas y se han convertido en testigos de mis esquivas miradas a las bien formadas piernas de Enriqueta.

Las niñas de mis ojos me sugieren que sea cauto, pues Enriqueta tiene marido,  y a veces las miradas dejan de ser ligeras y generan huellas indelebles.

Pero ¿a quién debo obedecer? ¿A mis irreverentes hormonas estimuladas por esas encantadoras piernas, o a las prudentes y sabias niñas de mis ojos que temen mucho las consecuencias?

Mientras decido a quién le doy la razón, Enriqueta me dedica una cómplice sonrisa…

miércoles, 29 de mayo de 2019

La danza de las letras

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Las Letras son seres vivos muy semejantes a los pólipos que conforman los corales.

Tal vez la gran diferencia entre una y otra especie es el alto nivel de conciencia social que suelen adquirir las Letras.

Las Letras saben de sobra que una por una no valen nada, y que es la vida social lo que les da valor y contenido. Cuando varias de ellas se juntan de manera ordenada, forman Palabras con alguna razón de ser. Es la única forma de trascender en el complicado Reino de los Significados.

A las Letras se les educa desde pequeñas, pues cuando nacen son apenas Garabatos, trazos irregulares e irreconocibles. Para eso van a la escuela.

El primer curso que reciben es de gimnasia formativa, mejor conocida como Caligrafía. En este grado, los Garabatos se esfuerzan por formar rectas y curvas, por hacerse esbeltos y caminar en línea recta.  Ahí empieza a surgir la verdadera personalidad de las futuras Letras.

Más adelante veremos que todas ellas son diferentes, seguramente por predisposición genética. Y empiezan a pesar los prejuicios sociales: habrá Letras mayúsculas que verán desde arriba a las Letras minúsculas.

Después empieza –en el segundo grado- la formación social. Las pequeñas Letras deben formarse en línea una tras otras. Primero la A; luego la B; y así sucesivamente. No es ejercicio fácil para seres tan jóvenes formar abecedarios, pero finalmente lo logran y hasta les resulta divertido.

A las Letras se les enseña –en este segundo curso- a convivir de manera ordenada. Deben unirse de la mano para formar Palabras. Por primera vez, nuestras pequeñas amigas le encuentran significado a su existencia. A partir de aquí lo reclamarán siempre, y cuestionarán a  quienes no saben acomodarlas en el orden preciso.

En el tercer año empiezan las presiones. Aparece la Ortografía, maestra con fama de tremenda, pero que muchos años después será reconocida por muchas de sus alumnas como una gran profesora. Ella les enseña que el orden de las Palabras puede cambiar definitivamente el sentido de las cosas. Algunas Letras se vuelven obsesivas, por ejemplo, cuando la maestra les dice que delante de la P nunca puede venir una N.

El quinto grado es muy latoso. Algunas Letras lo detestan, pues los profesores les hacen cargar sobre sus hombros tildes llamadas “acentos”. Después, éstos generan hábitos, y algunas letras los extrañan cuando no los usan.

En este grado empiezan los romances juveniles entre las Letras. Sabemos de diptongos que son felices. En otros casos, uno de los novios carga necesariamente con un acento, lo que ya no es tan gracioso.  Y aquí las letras conformadas en Palabras deben decidir si son graves, agudas o esdrújulas, decisión nada fácil para estas jovenzuelas.

De verdad, las Letras a este nivel piensan que el quinto grado es el más difícil de todos…hasta que, en el sexto grado, aparece la profesora Sintaxis, la más dura de todas las maestras. Esta exigente profesora les enseña a las Letras que el empleo de “comas”, de “puntos”, de “admiraciones” e “interrogaciones”, etc. es importante. Y si quieren pertenecer a la elite en el Reino de los Significados, deben saber que un punto o una coma pueden cambiar el texto de un Cuento, y matar a una princesa en vez de casarla con el príncipe de sus sueños.

Así llega el momento de la graduación de las letras. Su tesis de grado es revisada por la doctora Redacción. Los sinodales son las Frases, los Párrafos y los Textos.

No todas la Letras se convierten en profesionistas. Muchas de ellas son reprobadas y se quedan en los Tinteros tras de fracasar en su examen profesional. Deberán dedicarse a otras actividades menos exigentes y peor pagadas.

Las Letras graduadas –a partir de ahora- se enfrentan a la vida, y todos sabemos que ésta no regala nada. Así, algunas de ellas se conforman con ser parte de una receta de boticario o de un simple recado telefónico. Otras -más esforzadas- llegan a integrar artículos periodísticos o, con un poco de suerte, se visten de gala en la invitación de boda de alguna pareja humana afortunada. 

Unas con más talento, participan en libros de texto o en crucigramas. Otras llegan a conformar elegante prosa o sublime poesía. Y pocas, verdaderamente muy pocas, son elegidas como distinguidas integrantes en el elenco de grandes escritores, generando bellísimas formaciones coralíferas en las obras de Cervantes, de Bécquer, de García Lorca o de Gabriel García Márquez.

Las Letras son seres vivos muy semejantes a los pólipos que conforman los corales.

La sonrisa en el metro

Nunca se conocieron. La vida los juntó durante un par de minutos, entre las estaciones del metro Akihabara y Asako de la línea 2 del metro de la ciudad de  Tokio.

Ella estaba casada, y obligada por las tradiciones ancestrales y las reglas urbanas a no lanzar su mirada más allá de lo necesario para circular por la ciudad.

Aritomo estaba separado de su mujer. Era un buen hombre, quien había contraído un matrimonio forzado que jamás funcionó. Conocía de sobra las normas sociales de  la sociedad japonesa, pero al subir al metro en Akihabara, la belleza de Asami lo alteró.

No pudo contener la mirada. Sabía que eso rebasaba todas las reglas de urbanidad, pero no pudo evitarlo.

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El reojo de Asami lo percibió. La urbanidad la obligaba a hacerse la desentendida, pero sus músculos la traicionaron, y de ella brotó una muy leve sonrisa.

Aritomo disfrutó la sonrisa de Asami enormemente, pero entendió que todo era una locura circunstancial, algo sin sentido en aquel mundo forzado.

Llegó el metro a la estación de Asako, y Arotimo tuvo que descender del vagón. Se había subido a él completamente vacío de sentimientos. Descendió convencido de que una diosa le había sonreído. Jamás olvidó aquel momento.

Asami vio con tristeza como Arotimo descendía del vagón del metro, sabiendo que  él se iba enamorado para siempre. Ella lloró en silencio durante muchos años, sabiendo que su verdadero amor habría sido aquel desconocido cuya mirada la había desnudado durante un par de minutos, entre las estaciones de Akihabara y Asako de la línea 2 del metro de la ciudad de Tokio.

martes, 28 de mayo de 2019

La madre de todos los miedos

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Dormí mal, muy mal.

Sudaba constantemente a pesar de que no hacía calor. En los escasos ratos en que lograba conciliar el sueño, aparecían en mi mente monstruos y criaturas de verdad desagradables que pretendían devorarme vivo: lo hacían pero sin destruirme, dejándome vivo para el siguiente mordisco.

Me volvía a despertar, y la angustia me aniquilaba. Ésta era real. Tomé el doble de un medicamento para dormir, para ver así rescataba la calma y por ende el sueño.

Pero no: la noche se fue entre dormido y despierto, entre soñar con simbólicos espantos y angustiarme con la durísima realidad que hacía poco me habían anunciado.

La madre de todos los miedos –como diría Saddam Hussein- estaba presente en mi vida. Deseaba que nunca amaneciese.

Como sea, prefería enfrentarme a esos espíritus oníricos indeseables de afilados y asquerosos dientes, que a la cruda realidad que se avecinaba.

Los primeros rayos del sol habrían de caer sobre mí como afilada guillotina, pero sin matarme. Harían rodar mi cabeza viva varios metros con agudo dolor, pero no por ello encontraría el descanso de la muerte.

Sonó por fin el despertador de mi esposa a mi lado. Sus ojos, una vez abiertos,  me confirmaron con su alegría que mi suerte estaba irremisiblemente echada: mi suegra iría a casa esa mañana a desayunar.

lunes, 27 de mayo de 2019

Tú y yo, desesperadamente

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No nací para plegarme. Tú tampoco.

Adoro mi libertad. Tú adoras la tuya.

Crees en cosas que aborrezco. Te aburren mis actividades.

Cuando madrugo, tú languideces. Cuando duermo, tú espabilas.

Me gusta tu cuerpo, tu alegría. No lo aprecias.

Yo programo. Tú improvisas.

Tú vuelas. Yo aterrizo.

Voy hacia abajo, tú hacia arriba; yo a la derecha, tú a la izquierda.

Insistir en lo nuestro…es un pecado.

Hola: soy las 7 de la mañana

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Ringgggg. Ringggg.

Hola: soy “las 7 de la mañana”.

Yo sé que no soy de todo tu agrado, pero alguna de nosotras tenía que asumir la responsabilidad de hacer sonar tu despertador temprano todos los días, y de presionarte mientras te duchas y te desayunas. Si no fuera así, ¿de qué vivirías? ¿Qué sería de tu familia?

Poco sabes de mí, pero te platico:

En total somos 24 horas, que día a día recorremos el redondo mundo, cada una cumpliendo con su función. Sólo puedo estar contigo sesenta minutos cada día, pues así es nuestro mandato. Reconozco que para ti no son los mejores momentos.

En ese sentido, envidio a “las 9 de la mañana”, que suele presentarte un reconfortante café matutino, y generalmente los saludos amables de tus compañeros de trabajo. En cuanto se presenta mi compañera” las 8 de la Mañana”, me veo obligada a saltar al siguiente huso-horario, y así hacer sonar millones de despertadores que están ubicados en lo que vosotros llamáis Oriente.

Casi todos me reciben con un gruñido, pero yo entiendo que ése es mi trabajo, y lo asumo dignamente.

Te dejo esta carta sobre tu mesita de noche, justo al lado de tu despertador, para que entiendas que en este extraño universo existimos criaturas que nunca faltamos a nuestras responsabilidades, por desagradables que éstas sean. Te estimo, y puedes considerarme tu amiga, pues nunca dejaré de apoyarte en tu cotidiana lucha por la existencia.

domingo, 26 de mayo de 2019

El convenio

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Él estaba muy preocupado porque ella no llegaba. Ya eran veinte minutos de retraso, cuando entre ellos siempre habían sido absolutamente puntuales.

Ella se desesperaba en el taxi, pues estaba atorada en un interminable embotellamiento de tránsito, extraordinario en aquella ciudad.

Él pensaba que esta vez ella no llegaría a la cita, pues últimamente había sido muy egoísta con sus cosas, y pensaba que finalmente había logrado decepcionarla para siempre.

Ella pedía a Dios que él no malinterpretase su retraso, pues después de cincuenta años lo seguía amando como el primer día.

Él repasó mentalmente el convenio de pareja que ambos tenían: cada diez años, se separaban una semana. Después se reunían puntuales a las 7PM en la vieja fuente de la alameda de la ciudad, si es que ambos deseaban continuar la relación. Así lo habían convenido desde que decidieron unir sus vidas muchos años atrás. Ambos podían dejar de asistir dejando caer todo lo vivido, puesto que ninguno estaba obligado con el otro.

Ella bajó del taxi a la carrera y se acercó a la vieja fuente de la alameda en donde solían reunirse.

Él no aparecía por ningún lado, porque su incontinencia lo obligó a ir al baño público unos minutos.

Ella se puso los lentes desesperadamente para encontrarlo entre la multitud que paseaba en la alameda. Fueron minutos de angustia.

Por fin lograron verse de lejos el uno al otro.

Corrieron como jovencitos para darse un fuerte y largo  abrazo y un maravilloso beso: los dos tenían garantizado a su amor por los próximos diez años.