miércoles, 6 de febrero de 2019

Adjetívora


Esa mujer no era nadie, así que necesitaba adquirir urgentemente una personalidad. Por ello decidió dejar la dieta de carne, verduras y lácteos, para alimentarse exclusivamente de adjetivos.

Los adjetivos son términos que definen o califican, y eso los hace interesante: benignos o dañinos, según sea el caso. Los adjetivos también gozan de enorme valor subjetivo: hay cosas en nuestro misterioso e incomprensible interior que nos hacen sentirnos agradados u ofendidos sin una lógica aparente. Hay a quien le gusta que le digan ¡Malvado!, y hay quien arremete contra quien se lo dice.

La obsesión de esta mujer por los adjetivos fue creciendo día con día. Cada vez que alguien en la calle, en la prensa o en la televisión exclamaba: estrambótica, delirante, pusilánime, sensacional, grave, superior, vertiginosa, única, atractiva, pululante, etc., ella aumentaba de peso emocionalmente.

 Así, por las noches, justo antes de dormir, se observaba a sí misma:

“Soy grandiosa, elocuente, temeraria, simpática, graciosa, temperamental, inocua, ocurrente, interesante, peligrosa, extenuante, asfixiante, golosa, sensual, rimbombante, tenaz, astuta…”

“Soy arrebatadora, increíble, nefasta, venenosa, sagaz, colosal, mundana, recatada, coqueta, vanidosa, bella, intelectual, maravillosa, tenue, fugaz, drástica, orgullosa, digna, recatada…”

“Soy temeraria, voraz, pujante, briosa, encantadora, dulce, amarga, ácida, platicadora, abusadora, templada, objetiva, clara, oportuna, directa, fiel e infiel, aplacadora, suspicaz, adorable…”

Llegó un día en que la obesidad adjetivística acabó por matar a la mujer de un infarto de ego. Su personalidad era tan grande que tuvieron que meterla en dos ataúdes: uno para su cuerpo y otro para su artificialmente inflado orgullo.

Junto a las tumbas que contenían los dos ataúdes gemelos, aparecía una sola lápida que lamentablemente decía:

                                                            LUISA
                                                                1948-2009



Acideces no estomacales


El tipo era pesado, ácido, tóxico, corrosivo, agresivo, hostil, degradante, erosivo,  áspero, antipático, cáustico, denigrante e  insoportable en extremo.

Pero fuera de esas nimiedades, era una excelente persona.



¿Quién tiene la razón?


Érase que se eran dos personalidades absolutas, obviamente superiores la una a la otra.

Ambas tenían un currículo de victorias incuestionables en lo que se refería a tener la razón. Miles de  discusiones avalaban sus determinaciones lapidarias, fulminantes, absolutorias. Después de tanto tiempo, las dos permanecían invictas.

Lamentablemente para ellas, llegó el día en que tuvieron que encontrarse en un inevitable punto de argumentación existencial. Era algo así como el enfrentamiento por el título absoluto de los pesos completos de la NBA (National Boxing Association) y la WBA (World Boxing Association). Imaginemos una pelea fuera de época entre Rocky Marciano y Cassius Clay (Mohamed Alí), por la unificación del título de los pesos completos de todos los tiempos.

¿Quiénes eran?

Se trataba nada menos que del Punto Final de la Discusión y de la Última Palabra del Asunto.

Las expectativas de la prensa no arrojaban un favorito, pero sí auguraban fuertes golpes al ego ajeno y resistencia total a la lógica del rival.

En Las Vegas, los momios cambiaban de momento a momento. Cualquier apuesta era riesgosa. El público deliberaba.

La pelea definitiva comenzó en la arena argumentística del Caesar Palace. El mundo asumió el rating más grande en la historia de las discusiones. Ripley y Guiness estaban presentes dispuestos a comercializar los resultados. Los monstruos de la televisión (BBC, Warner, CNN y Sony Television) compartieron la transmisión a nivel mundial.

La pelea comenzó inevitablemente con un round de calentamiento. Los contendientes, antes de lanzar sus  mejores argumentos, decidieron conocer al rival. Así se fueron los tres primeros episodios de una pelea programada a quince, pero que anunciaba su final mucho antes de lo programado.

La humanidad estaba convencida de que la pelea arrojaría luces definitivas en lo referente a la Verdad Absoluta y otros temas relevantes. Por lo menos eso era lo que habían anunciado ambos contendientes en las conferencias de prensa previas al Gran Combate.

Pero después vino la gran decepción, el desorden absoluto: una nena de catorce años –llamada Prudencia-, desde la fila 27 del Coliseo del Caesar Palace, entre el cuarto y quinto asalto de la gran pelea, se levantó para gritar: “¡Las discusiones siempre son relativas! ¡Esta pelea es un fraude!”


Ambos contendientes, el Punto Final de la Discusión y la Última Palabra del Asunto, se sintieron aludidos por el grito de la chiquilla. Los dos  bajaron la guardia y descuidaron el estilo. Ante la presión del público enardecido, recurrieron a actitudes fuera de reglamento, y el réferi de la pelea -de nombre Sentido Común- tuvo que aplicar su autoridad y descalificar a ambos boxeadores.









La nena de catorce años –Prudencia- fue convocada inmediatamente a una conferencia de prensa. Estaba nerviosa -desde luego-, pero mantuvo su ecuanimidad ante las cámaras de televisión. A su lado, el réferi (Sentido Común) la avaló en todo momento.

Fue la primera vez en la historia de la humanidad en que la musculatura de la imposición de los argumentos fue derrotada por la simple lógica, por la simple argumentación, por la relatividad de los hechos.

El Punto Final de la Discusión y la Última Palabra del Asunto sobreviven, desde luego, y seguirán enajenado a los necios en escenarios de segunda categoría. Pero entre la gente inteligente, la Prudencia y el Sentido Común han rescatado posiciones, al lado de una encantadora hada de la vida que los protege, y a quien todos conocemos como la Relatividad de los Hechos.




¿Quién puso el frasco con el alacrán en el escritorio de la profe?





Se sospechaba de demasiados, así que el fiscal decidió emplear la técnica de conocer primero el motivo para el crimen. ¿Quién odiaba tanto a la profe como para poner el frasco con el alacrán sobre su escritorio?

Su ayudante, el detective Ramírez, volteó la argumentación del caso, preguntando:

“¿Qué hizo la profe para que alguien la odiase tanto al extremo de ponerle un frasco con un alacrán sobre su escritorio?”

Entonces se procedió a ver qué clase de persona era la profe y a qué calaña pertenecía realmente.

Se estudiaron a fondo sus antecedentes familiares, académicos, fiscales, personales, matrimoniales, médicos, lúdicos y psicológicos.

Se armó un expediente de 450 fojas que no arrojaban la menor luz sobre el caso, excepto algunas escabrosidades de la profe no relacionadas con el caso, mismas que el detective Ramírez prefirió caballerescamente obviar y no incluir entre los antecedentes del expediente.

Como no se encontraron elementos que justificaran tanto odio a la profe, se procedió a analizar al alacrán.

Resultó ser de la especie Centurión, no fatal, pero sí agresivo, capaz de adormecer al ser humano a quien le inyectase su ponzoña. “Pero –y esto lo puntualizó el detective Ramírez- el alacrán, de ser el culpable, necesitó necesariamente de un cómplice para que le cerrara el frasco”.

“¿Por qué en un frasco?”, preguntó Ramírez. ¿Por qué no quisieron que el alacrán la picase? Pienso que se trataba tan sólo de una advertencia.”

Se procedió a analizar el frasco: el tipo de vidrio; sus componentes; la tapa; la rosca de la tapa y las huellas digitales. Se concluyó que era un frasco de mermelada McCormick, pero la empresa fabricante de este producto negó cualquier relación con el caso. Tampoco había huellas digitales, por lo que se concluyó que se estaba ante un hecho realizado por profesionales de la extorsión. Se revisaron decenas de expedientes de criminales, algunos de los cuales fueron entrevistados por Ramírez, pero todos ellos tenían coartadas irrefutables.

El expediente llegó a las 986 fojas.

El fiscal, preocupado por un fracaso más en su historial, estaba urgido de una explicación racional. La presión que ejercía sobre el detective Ramírez era enorme, así que éste entrevistó al director de la escuela, a los demás profesores y a  la totalidad de los alumnos del plantel escolar. Algunos niños sospechosos fueron discretamente torturados en las galeras de la Prefectura de Policía, pero ninguno confesó haber sido.


Ya con 2476 fojas en el expediente del frasco con el  alacrán en el escritorio de la profe, finalmente compareció voluntariamente en la fiscalía una nena de siete años de nombre Marianita con la respuesta al complicado caso:

“La profe Estela es muy linda y le gusta revisar todo minuciosamente en el microscopio. Atrapé el alacrán en mi casa y decidí regalárselo. Simplemente olvidé comentárselo.”


¿Por qué Cronos llegó a ser dios?




Cronos era como cualquier de nosotros: un ser que vivía ocupado, con muchas cosas que hacer para ganarse la vida, con una familia llena de absurdas necesidades crecientes y con una presión consumista impresionante emanada del Medio Ambiente.

A cada rato el Estrés -uno de sus aparentes amigos más cercanos- lo presionaba para que aquél lograra rápidamente una u otra cosa. Otra extraña amiga de su barrio, la Angustia, solía mortificarlo con lo que podía pasar si no sacaba todas las cosas a tiempo: le presentaba escenarios espantosos en los que Cronos de verdad creía, y así éste era frecuentemente visitado por el Insomnio.

Cronos era un muchacho infeliz. Su vida era exitosamente lamentable o lamentablemente exitosa, cuestión de enfoques.

Y un día, cuando otro personaje cercano a él -el Infarto- lo llamó por teléfono para anunciarle una próxima visita, su amiga Prudencia –inexplicablemente salida de sus canas- le acarició la mejilla y le dijo:

“Cronos: sólo se vive una vez. Si la Muerte toca tu puerta, todo lo que hoy valoras y has logrado, se convertirá en polvo virtual. ¿No piensas que es mejor cambiar de forma de vida? ¿No existen para ti objetivos más sublimes que el Dinero, la Productividad y el Nivel de Vida?”

Al principio Cronos estuvo desconcertado, evaluando quiénes eran de verdad sus amigos y quiénes no lo eran. Pero aquella llamada del Infarto no le había hecho gracia, así que un día llamó a la Prudencia y a la Madurez, y les pidió auxilio. Estaba desesperado, atrapado en un mundo absurdo que no lo llevaba a ninguna parte.

Cronos –por sugerencia de sus amigas- renunció a su vida anterior. Se volvió asceta en un mundo de idiotas ocupados. Tiró su Reloj a la basura, y lo cambió por la Calma. También corrió de su mundo a sus Objetivos, a sus Obsesiones y a sus Necesidades.

Pronto Cronos se dio cuenta de que había sido víctima de sí mismo. No había nadie más a quién culpar de sus errores, de su situación, de sus problemas. Se frenó a sí mismo, y fue tan feliz que decidió pasar su alegre mensaje al Universo, el dios de los dioses.

Éste, agradecido por tan sabio consejo de un simple mortal, lo llamó a regir una importante parte de su infinito reino, el Devenir del Tiempo.

Hoy Cronos es un dios maduro y justo que otorga a todos los seres humanos exactamente las mismas Oportunidades: veinticuatro  horas al día, semanas de siete días, meses de treinta días y años de doce meses. Deja, desde luego, al albedrío humano, la administración de sus propias Oportunidades. En eso nunca se ha metido. Cada quien es finalmente dueño de sí mismo, de su Felicidad, de sus Presiones, de sus Absurdos.

Y así, desde su panorámico lugar, Cronos deja ser idiotas a los Idiotas, así como disfruta de la gente sabia que maduramente aprovecha esa Gran Oportunidad a la que los humanos llamamos Vida.


¿En dónde quedaron los aretes de la luna?


Dice una antigua leyenda de los Suriyama que alguna vez la Luna fue muy hermosa, y que hoy ya no lo es. Dicen que usaba aretes de polvo cósmico que resaltaban su belleza más allá de las constelaciones.

La leyenda también dice que enamoraba planetas, pero no para quererlos, sino para satisfacer su banal necesidad de ser más deseada que las lunas de Júpiter, que también eran hermosas.

Así, los planetas que en la Luna confiaron su amor, la pasaron mal, muy mal.

Plutón pretendió irse despechado a otro sistema solar. No lo logró. La lucha entre sus dudas y esperanzas lo condenó a una órbita lejana fría, muy fría.

Saturno –a su debido tiempo- le regaló ilusionado a la Luna un anillo de compromiso. Se gastó en él una fortuna y enormes esperanzas. Podemos decir que el anillo es muy grande, y hoy Saturno lo muestra ofendido al universo, tratando sin éxito de avergonzar a la ingrata.

Júpiter también resultó muy humillado. Tras de haberle llorado y suplicado inútilmente, prefirió esconderse tras de enormes nubes de gases tóxicos. ¿Un suicidio planetario? No lo sabemos. Hemos enviado muchas sondas y no hemos tenido respuesta. Es posible que la Luna alguna vez haya sentido algo de remordimiento, pero su altivez no ha permitido que los astrónomos lo certifiquen. Suponemos que Júpiter está –lamentablemente- muerto.

Pero hubo una vez un planeta brioso de nombre desconocido que amó a la Luna como a nadie. Igualmente fue despreciado, pero su respuesta fue atroz. Decidió estallar en mil pedazos, y lanzar al espacio sideral millones de asteroides en todas direcciones, esperando que muchos de ellos golpearan a la Luna.

Sabemos que logró su objetivo, y aquel suave cutis que durante millones de años mostró el altivo satélite terrestre, fue deteriorado para siempre.



Hoy la Luna solamente enseña una de sus caras. La otra la avergüenza.

Nadie sabe qué hizo con sus aretes.  Los astrónomos sabios dicen que la Luna sufre por su pasado. Sus aretes deben haber sido escondidos por la propia Luna en el cráter de Copérnico. Hoy quiere pasar desapercibida.

La vida -incluso para los astros- es de ida y vuelta.


¡Amorcito!






Ella era la dulce y bella esposa con la que todos anhelamos casarnos algún día.

Su marido era un tanto travieso, pero nada del otro mundo.

Un día ella encontró huellas de lápiz labial en la ropa de él.

Enseguida del descubrimiento, ella lo llamó con toda la dulzura de que era capaz:

“¡Maridito!: ven por favor a ver esto!”

Él llegó al cuarto de baño justo cuando ella arrojaba, sobre la ropa impregnada de gasolina de su marido, una cerilla encendida. En un par de segundos no quedaban más que cenizas de aquella lujosa vestimenta pecadora.

Tres años después, el escuchó:

“¡Amorcito!: hay algo que quiero que veas!”

Él llegó a la cochera para ver como su Jaguar XKE era devorado por las llamas. Prefirió quedarse callado, sabiendo que su nueva amante había perdido un arete en alguna parte.

Dos años después, el marido ardía en llamas retorciéndose del dolor. Ella lo miraba quemarse con una dulce y cínica sonrisa, mientras le preguntaba:

“¿Te sientes bien, cariño?”

El fiscal asignado al caso del marido quemado prefirió no presentar las pruebas del asesinato, pues tenía familia que mantener.

El juez, aun teniendo claros los hechos, prefirió no condenar a esa peligrosa dulce dama de bella y tímida sonrisa.

Ella guarda, en su alhajero de filigrana, una caja de cerillas que le proporciona los más  agradables recuerdos imaginables.