viernes, 29 de abril de 2011

El fin de las fábulas


Un astuto jaguar que Esopo nunca habría imaginado, penetró los libros de fábulas, y acechando tras de las letras y las palabras, devoró a la tortuga, a la liebre, a la zorra y el cuervo. Después, aprovechando una distracción, se comió al mismo Esopo.

miércoles, 27 de abril de 2011

Lágrimas sinceras


El cocodrilo lloraba de verdad la cruel indiferencia de su amada, pero por cuestiones del ADN de su especie (de las cuales no era responsable), nadie en aquel pantano creía en la sinceridad de sus lágrimas.

Tuvo que tragarse solo su amargura.

martes, 12 de abril de 2011

Cambio de roles



Finalmente los personajes de La Caperucita y el Lobo decidieron cambiar de aires después de 500 años, aburridos de hacer y decir siempre lo mismo cada vez que alguien los leía.

El cuento quedó descontinuado por falta de personajes, y así los cuatro cambiaron de historia y de estilo.

La Caperucita Roja, harta de ser una niña inocente y buena, decidió convertirse en un pavoroso dragón flamígero y secuestrador de princesas. Pero no fue capaz de desprenderse de su caperuza roja, de la que tanto dependía psicológicamente, así que el mencionado dragón la sigue llevando puesta, para la sorpresa de propios y extraños.

La abuelita, frustrada sexualmente porque jamás pudo tener sexo con el leñador (quien pudo haberla poseído con sólo habérselo pedido) ni con el lobo (porque el leñador no lo permitía), decidió convertirse en la perversa y odiosa bruja de Blanca Nieves, desahogando así con esta adorable niña todos sus problemas existenciales.

El lobo, cansado de que se le considerara el malo del cuento (siendo realmente una criatura noble) se retiró de la literatura para pedir asilo en el zoológico de Munich, en donde convive pacíficamente con muchos niños que lo adoran y se toman fotografías con él.

El leñador, como era de verdad raro, decidió asumir el papel de Ricitos de Oro.

martes, 15 de marzo de 2011

El pollo


No es que fuese un pollo pesimista. Tal vez era todo lo contrario, como lo demuestran algunos elementos de su corta biografía.

Cuando fue consciente de su existencia, estaba todavía inmerso en el interior de un huevo.

Ahí mismo concluyó –con su precaria inteligencia gallinácea- que el universo al cual estaba destinado era mucho más grande que el interior de aquel reducido espacio de pared blanca y ovalada.

El hecho de ver traslucir la luz en los límites de su temporal prisión de calcio, le hizo sentir esperanzas de que afuera algo grande e importante lo esperaba, así que, en cuanto su desarrollo se lo permitió, empezó a dar fuertes picotazos para destruir el cascarón que lo separaba de su promisorio futuro. Lo logró enseguida, sin mayor esfuerzo.

Lo primero que vio fue el entorno de una incubadora industrial. No había nada en ella que semejase a una madre, como su instinto le había prometido. Sin embargo, la temperatura era agradable, y las luces le permitían ver adecuadamente su entorno.

Percibió otros huevos a su alrededor, y en seguida concluyó que era un pollo más de una inmensa serie cuyo futuro nada prometía.

Fue entonces -quince minutos después de romper el cascarón- cuando decidió suicidarse.

¿Cómo se suicida un pollo?” se preguntó.

Se dio cuenta de que era prácticamente imposible hacerlo. Durante unos minutos pensó que su vida sería desastrosa y azarosa.

Pero le bastó poco tiempo entender que era un pollo de engorda. Una vez que diese el peso que indicaba la norma, sería acuchillado por un diestro especialista, ensartado en una espada de fierro y asado al fuego lento en un dispositivo rotativo.

Si ése era su futuro y su única opción real, decidió acelerar aquel proceso: se dedicó a comer y comer.

En poco tiempo –cuestión de semanas- llegó a tener el peso y el tamaño estándar que requerían las asadurías comerciales de pollos, así que logró dar marcha atrás a su absurda existencia en menos tiempo del esperado.

Disfrutó cuando aquel humano con delantal ensangrentado lo degolló como parte de una rutina.

El pollo de esta historia nunca supo que el cliente que adquirió su asado cadáver había pagado más del doble de lo que su criador había invertido en su nutrición, ni que aquel niño regordete que lo comió sin contemplaciones se había relamido los dedos por el excelente sabor de su pellejo rostizado.

Tampoco le interesaba saberlo. La vida para nuestro pollo jamás fue relevante.

domingo, 6 de marzo de 2011

Extraño asesinato rural


Para el inspector Rupert Von Kuyf no cabía la menor duda:

Clarabella, la vaca pinta, era la autora intelectual de aquel horrendo asesinato.

Era obvio que con su dulce mirada de rumiante amigable y su rítmico rabo espantamoscas, ella había convencido a Hans, el granjero, de que Klaus, el ordeñador, era amante de Klarisa, su amada esposa.

La prueba contundente de que Hans había asesinado brutalmente a la infiel pareja inducido por la perversa res, era un pedazo de alfalfa semimasticada en la escena del crimen.

El juez revisó el caso detalladamente, y encontró que la vaca tenía antecedentes criminales. Fue condenada a muerte.

Hans, el granjero, reconoció el crimen habiendo sido influenciado por Clarabella. Por considerarse un asesinato pasional inducido, su condena fue menor: veinte años de cárcel.

El inspector Rupert Von Kuyf recibió mención honorífica de la policía rural alemana, y el juez fue inmediatamente ascendido a magistrado.

La granja de Hans sin Hans, sin Clarabella, sin Klaus y sin Klarisa, es actualmente un desastre económico que ha dejado sin leche a decenas de hogares de la región, pero en ese aspecto la prensa alemana mantiene absoluto silencio por razones que aún están por esclarecerse.

martes, 25 de enero de 2011

El gato


Alguna vez fui un macho irresistible.

Mi privilegiado olfato percibía a la distancia las provocativas hormonas de las mininas, que siempre acababan locas con mi presencia, con mi brillante pelo negro, con mis atributos y mi innata fogosidad.

Durante mucho tiempo no necesitaba nada de nadie. Viví agradables años de irresponsable autosuficiencia. Dejé hijos regados por todos los alrededores sin ninguna carga de conciencia, pues mis privilegiados instintos no permitían esa miseria de los remordimientos.

Fui completamente feliz muchos años, lo reconozco, pero nadie me advirtió de las implicaciones del paso del tiempo en los organismos vivos como el mío, y así, un inesperado día me di cuenta de que mis implacables reflejos gatunos estaban deteriorándose.

Esto ocurrió aquella tarde cuando quise –jugando- atrapar a una mariposa amarilla. No pude agarrarla, pero de ello culpé a las circunstancias.

Esa mala experiencia se repitió en varias ocasiones más importantes que un simple juego, en temas de supervivencia: no fue sólo el hecho de que aquel carnoso ratón se me escapase, sino que además sentí un gran dolor en mi espinazo al saltar en falso al tratar de atraparlo.

Después vino la temporada de lluvias con el consecuente descenso de la temperatura, y sentí por primera vez los dolores en las articulaciones, los que también deterioraron rápidamente mis capacidades de depredador.

Como consecuencia de mi recién adquirida torpeza, llegó el hambre que jamás había sentido, por lo que empecé a perder peso y musculatura, y mi suave y brillante pelo negro empezó a adquirir tonos grisáceos y perdió completamente su toque sedoso.

Nuevos galanes aparecieron en mi antes impenetrable territorio, y las hembras me perdieron totalmente el respeto, al igual que antes lo habían hecho los ratones.

Fui humillado y desplazado por los nuevos triunfadores.

Finalmente, tras de muchas penurias, decidí pedir auxilio a los arrogantes seres humanos. Maullé lastimosamente en muchas puertas pidiendo alimentos, sin obtener más respuestas que zapatazos y pedradas.

Mi fin parecía cercano, hasta que encontré aquel jardín descuidado, marchito y amarillento, en donde había unos columpios abandonados, y al fondo, una casa bastante deteriorada, pero habitada.

Maullé con la desesperación del hambre ante aquella desvencijada puerta cuyo barniz había casi desaparecido, y afortunadamente, en poco tiempo apareció aquella humana vieja de pasos lentos y falda de lana gris.

Me observó un momento con cara de ternura, seguramente identificándose con mi ruinosa edad, y puso a mi lado un plato con leche y pan remojado, algo que me supo a gloria, pues llevaba varios días con el estómago vacío. No sabía cómo agradecérselo, pues ella fue el único humano que me había ayudado en toda mi vida.

Para colmar mi sorpresa, la anciana dejó la puerta abierta como invitándome a pasar a su hogar, hecho que interpreté acertadamente: estaba tan sola y vieja como yo, y su alma necesitaba compañía.

Tuve mis dudas antes de entrar a aquella destartalada casa, pero finalmente lo hice, porque mi vida fuera de ella era un desastre. Ya nada podía perder.

Vi a la anciana sentada en un vetusto sofá, mirándome con cariño, emoción que devolví inmediatamente por reciprocidad y –confieso-algo de interés.

Me acerqué a sus delgadas piernas, restregando en ellas mi áspero rabo. Ella, agradecida, decidió acariciar mi lomo durante un rato. Fue entonces cuando confirmé que éramos un par de viejos solos y lastimosos, que bien podíamos acompañarnos el resto de nuestras existencias.

Decidí –o la vida lo decidió por mí, nunca se sabe- convivir por siempre con aquella dulce mujer, repitiendo en muchas ocasiones el juego de los ochos, subiéndome a su falda de lana gris, para agradecer su hospitalidad con ronroneos.

La verdad es que éramos un par de fantasmas.

Junto a ella me brotaban muchos recuerdos de mis años buenos, y me preguntaba si los humanos eran capaces de recordar como lo hacíamos los gatos.

Tengo que confesar que esa anciana estaba un poco loca, pues hablaba sola. Ella, para no sentirse tan mal, me dirigía palabras que jamás entendí, pero que yo agradecía, pues ya no era yo más que un desvalido gato que trocaba alimento por compañía.

Como sea, y a pesar de tantas aventuras felices durante mi juventud, hoy reconozco que haber conocido a esa humana decrépita fue para mí la mejor experiencia de la vida.

jueves, 13 de enero de 2011

La cebolla


Cuando fue consciente de su existencia, una vez que su bulbo enterrado empezó a formarse y conoció a sus vecinas, se dio cuenta de que ella no pertenecía a ese lugar.

Algo en su interior le decía que, si bien su bulbo era esférico, había nacido para ser alargada.

También cuestionaba su color rojo-guinda, pues prefería ser de color naranja.

Como sea, si algún humano la hubiese podido ver durante su desarrollo subterráneo, la habría considerado una cebolla.

Pero no lo era, o al menos no deseaba serlo, o no se identificaba para nada con la especie allium cepa, lo que la hacía de verdad infeliz.

En sus adentros ella sabía que era una zanahoria atrapada en el cuerpo de una cebolla, pero nada ni nadie la escuchaba ni podía ayudarla a sobrellevar esa desagradable situación.

Finalmente llegó el momento de la recolección, y el destino la llevó al mercado en un cajón repleto de cebollas redondas de color rojo-guinda. Se sentía infeliz y humillada, pues cerca de ella estaban las zanahorias, orgullosamente larguiruchas y anaranjadas, recargadas de carotenos.

Pero para su mala fortuna fue comprada como cebolla, y después, en una cocina, rebanada para formar parte de una ensalada de cebolla con apio y vinagreta.

Como sea, fue comida por un jovenzuelo hambriento, que, en un momento dado, preguntó a su madre:

“Mamá: ¿acaso le pusiste zanahoria a la ensalada de cebolla con apio y vinagreta?”

A pesar de que la madre lo negó rotundamente, la cebolla de esta historia se dejó digerir con mucho orgullo: efectivamente, a pesar de ser redonda y de color rojo-guinda, ella era en realidad una zanahoria.